Una respuesta obligatoria ¿Quién soy yo?

Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro, tomando la palabra, respondió: “Tú eres el Mesías de Dios”.

 

Mayra Scott Vega, estudio Psicología y actualmente siguiendo el llamado del Espíritu Santo, es maestra de Dios. Aprende, enseñando un curso de milagros UCDM

¡Estudiando el curso encontré mi vocación!

Mayra Scott

 

 

En un proceso de auto descubrimiento la pregunta de ¿Quién Soy Yo? es en cierta forma obligatoria, es el punto de partida, la columna vertebral y la puerta de conexión con nuestra esencia.

Muchas veces me había realizado esta pregunta, desde luego la respuesta estaba marcada por toda mi herencia psicológica, familiar y biológica. Aunque había trabajado mucho para erradicar el concepto que me habían vendido desde pequeña, en el fondo ese concepto de no ser nadie, me acompaño por largo tiempo.

Esa imagen de “no vales nada”, “no tienes alma”, “no eres nadie” que vivieron mis ancestros/as, resonaba en mi interior, aunque de forma distinta, pero en igual medida;  ha sido una constante en mi vida en la que he tenido que trabajar muchísimo. Incluso se manifestaba cada vez que me esforzaba por ejemplo, para alcanzar reconocimiento. Por ello, cada vez que me respondía  la pregunta, ¿Quién Soy Yo?, el orgullo negro salía a relucir primero.

Alguna vez has escuchado decir que solo a los más “vivos”, les va bien. Esta frase encierra su  sabiduría. Uno se da cuenta que hay personas que tienen buena vibra para todo; les va bien en los negocios, en la familia, en la vida, en general. A veces se cree que son pocas las personas con esas características, sin embargo, en realidad no es así; las oportunidades de viajar a diferentes, países  me ha permitido darme cuenta de la diversidad y riqueza de personalidades que existe en el universo. En realidad estas personas, lo que tienen de lista es que:

  • Se conocen a sí mismas/os.
  • Se valoran y aceptan a sí mismas/os.
  • Se responsabilizan de su vida, de sus decisiones y de sus actos.
  • Practican, y viven de acuerdo a lo que dicen y piensan.
  • Se plantean propósitos en la vida y trabajan para alcanzar sus metas.

Cuando nos conocemos podemos fluir en la vida, porque vivimos de acuerdo a los principios, valores, creencias que hemos elegido, no tanto lo que se nos ha inculcado.

Bien, me pasó que mientras quería definir los objetivos, valores, y mi avatar para mi emprendimiento, la primera pregunta que me vino a la mente fue: ¿Quién soy yo? evidentemente ya no era la misma Mayra del día anterior a la pregunta.  No digo años atrás, porque creo que cada día es diferente al anterior. Así que mientras me describía quien era yo, vino a mí una respuesta que me impacto mucho: Eres imagen y semejanza de Dios.

Fue una revelación para mí. Si, una revelación. Yo estaba escribiendo mi gran repertorio curricular, respondiéndome desde la mente. Increíble cuantas cosas nos decimos que somos, muchas características las cuales describimos para responder a otras personas y que sin embargo, a veces, poco nos la creemos.  Un dialogo surgió en mi mente ante esa respuesta:

¿Soy imagen de Dios? ¿Y cómo es la imagen de Dios? Eres tú, la descubres cuando te ves.

Y es que, reconocerme como imagen de Dios y más aún, como parte de Dios, era imposible. Yo que era descendiente de seres considerados ni siquiera humanos/as. ¿Creerme imagen y semejanza de Dios? desde luego no se digiere tan fácilmente. El ego, esa vocecita interior que hemos creado y nos acompaña todo el tiempo, no nos permite que veamos mucha veces, lo que somos realmente; a nuestro ego le da miedo que le digamos adiós, nos estimula, al mismo tiempo que nos desmotiva, así que, cuando el Espíritu de Dios puso la respuesta en mi mente: tú eres imagen y semejanza de Dios, me quede sin palabras… y después de un rato, me dije, ¿Yo imagen de Dios? claro lo que no me hacía sentido era que si yo era imagen de Dios, significaba que era una diosa y eso no solo es difícil de creer, implica, un cambio total de paradigmas, de “verdades”, creencias, programas.

Nos han vendido tanto que somos imperfectas y que la imperfección es nuestra esencia, sobre todo a las mujeres, así que, reconocernos como perfecta imagen de la creación de Dios, no era tan sencillo para mí. Te sorprenderá que le ponga demasiada atención a esta respuesta, sobre todo, porque como cristiana ya tendría que saberlo, sin embargo, como mencione anteriormente, podemos saber muchas cosas con la cabeza, pero que esos saberes se integren en el corazón hay que realizar un recorrido… ahora que empiezo a verme por dentro, dejando de buscarme fuera, encuentro sentido a estas palabras que están  escritas en cada uno de nuestros corazones.

Cuántas veces había escuchado esa respuesta en la catequesis. Incluso, cuántas veces le había dicho yo a muchos niños y niñas en las clases de catecismo, a los adultos/as, en la formación para ser catequistas: eres imagen y semejanza de Dios; él está en todas partes, en el cielo en la tierra en todas partes… Yo lo sabía de memoria e incluso, así lo veía, como algo fuera de mí, aunque sabía que existía, he creído toda mi vida en su existencia. Lo sentía internamente, porque al comunicarme a través de la oración, de un canto, de una meditación, mi corazón quedaba en paz, una paz sublime que solo tenía rostro de Dios, sin embargo, yo no me vivía como imagen de y semejanza de Dios, echa de su esencia. Era más fuerte y menos complejo para mi entendimiento, creerme lo contrario, una simple criatura del común y corriente.

Cuando hacia mis oraciones, las dirigía a alguien que yo creía que estaba fuera de mí, alguien superior a mí y que estaba en el cielo, en la tierra en todas partes, mas nunca me imaginé a Dios, dentro de mí y yo como parte de él, un pedacito de la divinidad. Eso lo experimente por muchos años después, hasta que, el Dios interno, me dijo: ¿por qué buscas entre los muertos al que está vivo? Recordé a los discípulos que no lograban entender las Palabras de Jesús. Muchas veces como ellos, mis oídos no me permitían escuchar, mis ojos, no me dejaban ver…

Era exactamente lo que estaba pasando, yo buscaba fuera de mí, a un Dios muerto, que había resucitado pero fuera de mi; era incapaz de ver dentro de mí a ese Dios de quien tanto me gusta predicar y a quien yo estaba siguiendo.

Abrazar en mi alma a mis Padres, reconocerles, amarles, dejando atrás los  juicios y reclamos de niña herida; me permitieron abrir mi corazón y liberar la presencia divina que si bien reconocía en mí, no la dejaba actuar. Hoy me doy cuenta de que mi vida está sostenida por algo mucho más grande y que eso más grande, a quien yo le llamo Dios, tiene un propósito mayor para mí y para cada ser viviente en este universo. Despertar significa para mí, reconocerme tal cual soy: Imagen y semejanza de Dios.

Tomar conciencia de ello, es también un regalo, una gracia que sin duda necesita de nuestra contribución, ponernos a trabajar en nuestra tierra, volcarnos a nuestro interior, así como nos preparamos para aprender un oficio, una profesión, es necesario detenernos para conocernos más. Cuando en estado de conciencia, nos reconocemos, la vida toma un matiz distinto, es como enamorarse en estado de conciencia; lo que  significa responsabilizarse de la propia vida.

El desconocimiento de quienes somos, nos mantiene sumergidas en la ilusión, haciendo que nos escondamos en las aparentes imperfecciones humanas, sin embargo, tarde o temprano, el encuentro con nuestra esencia llega; nada eliminara la perfección con la que hemos sido creados.

Cuando nos atrevemos a ir más allá de la primera imagen que vemos frente al espejo, podemos  encontrar nuestra verdadera identidad y desde allí, darle sentido a todo lo que realizamos en la vida, a lo que somos y  hacemos porque todo ello refleja la imagen de Dios.

Desde lo ordinario, podemos contemplar lo extraordinario. Toda la creación es hecha a imagen y semejanza del creador.

Estracto de mi libro: Ser, desde tu esencia.

 

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